jueves, 22 de enero de 2015

Oda al pan rallado

No puedo comer milanesas sin antes encontrarle la forma. La que más se repite es la de Uruguay. El tiempo que me lleva el descubrimiento es directamente proporcional al nivel de hambre. A menos hambre menos imaginación. Tal vez por una razón similar los sabios, los inventores y los artistas son muchas veces pobres. Y cuando inventan o crean puede que tengan hambre. Puede que no.

Cuando mi madre era chica comía milanesas solamente los sábados a mediodía. Cuando se casó con mi padre dijo que iba a comerlas todos los días, a toda hora. Milanesas para el desayuno y la merienda, picada chiquita con el mate. Milanesas con papas al mediodía, con arroz por la noche, con remolacha, con papas fritas, con puré...

Así que desde chiquita, como quien se sienta en el pasto a ver la forma de las nubes, yo me sentaba a ver cómo por mi plato pasaban corazones, conejos, caras, las orejas de Mickey... y milanesas, que me devoraba con mayonesa y pasión.

No puedo identificar el día en que los cachorros y los árboles dejaron de visitar mi mesa. No se si perdí la capacidad de asombro o si fue por mis instintos carnívoros que nublaron ese lugarcito entre el corazón y la panza que alberga el amor por los platos preparados por mamá que comemos en la infancia. Lo que sí se es que muchas veces, camino a casa, no puedo mirar por la ventana del auto sin pensar que las nubes tienen forma de milanesa. Y claro, me da hambre. Pero no es una mala reacción, puede que hasta se me de por inventar alguna cosa.


(Agosto de 2005)


2 comentarios:

  1. Me emocioné mucho! Un poco por la historia de tus padres, un poco por esa perdida de imaginación que todos vamos teniendo y un poco porque así soy, sentimental :)

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    1. Gracias Analía! la verdad es que las milanesas son parte de muchas anécdotas familiares! Me alegro haber llegado a algún rinconcito, que por H o por B, te pone sentimental!
      Besos!

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